La disuasiA3n no es una opciA3n, es una obligaciA3n
La amistad polAÂtica no garantiza la paz en la frontera, algo a tener presente hoy respecto de la amistad entre el Presidente Kast y el Presidente Milei.
Estimados lectores:
Por Francisco Vidal
Esta columna nace de dos libros que me impactaron por la informaciA3n que reAonen. El primero es aÂÂEl pacto perfecto. La historia oculta de la ayuda chilena al Reino Unido durante la guerra de las Malvinas/FalklandsaÂÂ, de Daniel AvendaA±o y Mauricio Palma, y el segundo, aÂÂMA¡s allA¡ de la ConcordiaaÂÂ, crA3nica del espionaje chileno en PerAo entre 1971 y 1979, de Guillermo Parvex. Los recomiendo porque ponen en el centro la historia y la defensa del potencial militar del paAÂs. El primero relata la ayuda que el gobierno chileno de la A©poca dio a Gran BretaA±a para que no triunfara la dictadura argentina. Esto no contradice la posiciA3n permanente de Chile de que las Malvinas son argentinas. Cuando el dictador anunciA3 la invasiA3n, no ocultA3 que, recuperadas las islas, el destino de Argentina serAÂa mirar las islas del sur, que estaban en la mediaciA3n del Papa que concluyA3 felizmente en 1984. Esa invasiA3n fue el 1 de abril de 1982, y para entender nuestra conducta hay que volver a 1978.
En 1971, Allende y el presidente argentino acordaron resolver el litigio del canal Beagle y las islas Picton, Nueva y Lennox. Seis aA±os despuA©s, la reina Isabel II, apoyada por cinco juristas de la Corte Internacional de La Haya, fallA3 por unanimidad a favor de Chile. Meses mA¡s tarde, la dictadura argentina, encabezada por Videla, declarA3 el fallo insanablemente nulo y empezA3 a organizar la invasiA3n de Chile, con fecha y hora. El 22 de diciembre de 1978 la Junta ordenA3 atacar por varios sectores, en especial Punta Arenas y el Estrecho de Magallanes, en la operaciA3n aÂÂSoberanAÂaaÂÂ. No ocurriA3 porque Juan Pablo II convenciA3 a Videla de negociar y porque una tormenta obligA3 a virar a la flota argentina. En 1982 no cuestionA¡bamos la soberanAÂa argentina sobre las Malvinas, sino la polAÂtica de una dictadura que no renunciaba a la conquista militar de nuestra zona austral.
El segundo libro relata cA3mo el gobierno de Allende y luego la dictadura de Pinochet usaron el espionaje para conocer el plan de guerra peruano y su rearme. Velasco Alvarado, antes de ser destituido por Morales BermAodez en 1975, fijA3 la fecha de invasiA3n para el 5 de agosto de 1975, a las 6:00. El objetivo explAÂcito era aÂÂrecuperar las cautivasa y llegar hasta Antofagasta para entregarla a Bolivia. Los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, coordinados con los comandantes en jefe y el Estado Mayor, determinaron con exactitud los movimientos peruanos. Morales BermAodez no era partidario de esa invasiA3n, pero PerAo siguiA3 armA¡ndose, aprovechando los bajos precios del armamento soviA©tico. Con el centenario de la Guerra del PacAÂfico en 1979 y los problemas internos peruanos, el plan quedA3 latente y perdiA3 prioridad en las dA©cadas siguientes.
AsAÂ, en los Aoltimos 50 aA±os nuestros principales vecinos, por razones distintas, fijaron fecha para invadir Chile. Las lecciones son tres.
La primera es que la simpatAÂa ideolA3gica entre gobernantes queda subordinada a la expansiA3n territorial o la reivindicaciA3n histA3rica. Velasco, dictador populista de izquierda, simpatizaba con Allende y desde 1971 preparA3 la recuperaciA3n de aÂÂlas cautivasaÂÂ. Videla, aliado polAÂtico de Pinochet, compartAÂa con A©l un ferviente anticomunismo y la prA¡ctica represiva. La amistad polAÂtica no garantiza la paz en la frontera, algo a tener presente hoy respecto de la amistad entre el Presidente Kast y el Presidente Milei.
La segunda es que las amenazas ocurrieron bajo el rA©gimen militar, porque las sistemA¡ticas violaciones a los derechos humanos lo aislaron polAÂticamente. La enmienda Kennedy cortA3 la ayuda militar de Estados Unidos; Francia y Austria no cumplieron compromisos de venta de material y los obreros de Glasgow se negaron a reparar los motores Rolls-Royce de los Hawker Hunter, nuestra primera lAÂnea de combate. El aislamiento polAÂtico incentiva a los vecinos a transformarlo en ventaja.
La tercera es que la polAÂtica exterior de Chile debe ser abierta, defensiva y cooperativa con los vecinos y el mundo, multilateral, cuidando nuestro prestigio y las mejores relaciones econA3micas, culturales y polAÂticas, sin olvidar esta historia. Desde 1990, con los presidentes Frei, Lagos, Bachelet, PiA±era y Boric, el Estado creA3 un sistema disuasivo que no es agresivo, sino defensivo. Ante cualquier aventura, puede devolver la mano y daA±ar los intereses del agresor. La disuasiA3n no responde a la lA3gica de caA±ones o mantequilla, es un seguro. Si alguien le pregunta para quA© gasta en seguro si no piensa chocar, la respuesta es simple. Si choco, es mejor tenerlo.
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