Juan Villoro / La fuerza irreal de la economía

Por Reforma

La semana pasada escribí sobre el deterioro de la relación entre pasajeros y taxistas en los años 90 que nos preparó para la llegada de una alternativa. En 2013 Uber hizo su aparición en México y el transporte comenzó a depender de nuestro dedo índice; los coches podían ser llamados gracias a los satélites que orbitan la tierra y los conductores trabajar de acuerdo a su disponibilidad. Después de una ola de asaltos en taxis y taxímetros adulterados llegaba una solución.

Como suele ocurrir, el remedio trajo otros problemas, que en este caso atañen al rediseño de la economía mundial. La antropóloga Natalia Radetich ha dedicado un significativo libro al tema: Cappitalismo. La uberización del trabajo.

De manera previsible, Uber ha tenido mayor éxito en países con mal transporte público. De acuerdo con la antropóloga, la compañía está presente en 933 ciudades de 70 países, pero no del mismo modo: en Bélgica y Noruega opera en una ciudad y en Alemania en 7. En cambio, en Brasil opera en 131, en la India en 61 y en México en 65 ciudades.

Si reconociera a sus conductores como empleados, Uber sería líder mundial en ese rubro. De acuerdo con el reporte "Who is the World's Biggest Employer?", en 2015 el Departamento de Defensa de Estados Unidos daba trabajo a 3.2 millones de personas, el Ejército de Liberación Popular de China a 2.3 millones, Walmart a 2.1 y McDonald's a 1.9 millones. En 2026, Uber suma 9.9 millones de conductores y repartidores; sin embargo, los choferes no son tratados como trabajadores, sino como contratistas que carecen de derechos laborales. Para colmo, en vez de otorgarles prestaciones, la empresa los "favorece" con créditos para que compren los productos que ella maneja.

Rigurosamente deslocalizada, Uber tiene nulo contacto con los conductores; su sede física está en San Francisco y su sede fiscal en los Países Bajos (cuarto lugar en la lista de paraísos fiscales establecida por Oxfam).

La globalización ha permitido que se diseñen ingenierías de evasión difíciles de rastrear. Radetich advierte al respecto: "La estadounidense Netflix tiene su sede tributaria también en los Países Bajos, la estadounidense Facebook en Irlanda, la estadounidense Amazon en Luxemburgo, la estadounidense Airbnb en Irlanda, la española Cabify en Delaware, la china Didi en Singapur y así sucesivamente".

Cuando el viajero acepta los "Términos y condiciones" de Uber se somete a la legislación neerlandesa. "¡Como si la legislación de los Países Bajos tuviera un carácter extraterritorial y fuese de validez universal!", exclama con legítimo asombro Radetich.

Este negocio sería imposible si los gobiernos locales no invirtieran en pavimentar calles y mantener el equipamiento urbano. ¿Qué reciben a cambio? En 2015, la transnacional se comprometió a aportar el 1.5 por ciento de cada viaje a un fondo público destinado a los programas de movilidad urbana de la Ciudad de México, pero esa cantidad se le sumó al pasajero ("la empresa se limita a retener el monto", aclara la autora de Cappitalismo). Lo mismo sucede con los impuestos propiamente dichos, que Uber carga a sus empleados.

La compañía oculta sus ganancias y la forma en que las obtiene, pero los conductores ofrecen datos incómodos: "Por un viaje de 300 pesos, me quedo con 100 o 120, la cantidad varía, no sé por qué", me dijo uno de ellos, con la perplejidad de encontrase ante algo inescrutable.

Cuando un chofer se inconforma, un "representante" turna su queja a un laberinto digital en el que nunca será atendido por una persona. Si la inconformidad aumenta, la compañía bloquea la cuenta. No necesita despedir a alguien que en rigor nunca fue su empleado. El nuevo capitalismo opera de manera espectral: "Uber no se presenta como una empresa de transporte sino como un intermediario tecnológico entre conductores y pasajeros", señala Radetich. En forma similar, Airbnb es una mediadora entre "anfitriones y huéspedes".

La compañía que dispone de más coches en el mundo no es propietaria de ningún vehículo. El capitalismo digital deriva su fuerza de una condición casi irreal y no puede ser enfrentado.

Posiblemente, en el futuro la mayoría de las grandes empresas operarán de ese modo. Las ofertas llegarán por satélite, las computadoras cruzarán datos, los clientes se comunicarán por celular y en algún sitio ilocalizable alguien se hará rico.

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