Cómo desaparecer por completo

Por La Tercera (Chile) (Spanish)

El primer modelo de Walkman de Sony, lanzado en Japón en 1979, tenía dos entradas para audífonos, con la idea -dicen que de Akio Morita, director de la compañía- de facilitar la experiencia compartida de la escucha. No pasó mucho tiempo para que cada persona quisiera su propio aparato y esa segunda entrada desapareciera de los modelos sucesivos.

Pocas cosas señalan la elección por una experiencia individual como los audífonos. En especial cuando se usan en la calle, en público, en medio de un colectivo, de un mundo exterior del cual uno elige abstraerse, o al menos ponerle otro soundtrack. "Te veo, sí, pero elijo escuchar otra cosa". También puede ser más simple: "No molestar". Es una declaración tácita que puede parecer descortés, si no agresiva. La proliferación de audífonos en la calle, de hecho, despertó desde el comienzo críticas y advertencias sobre la desconexión social a la que llevarían -una ternura comparado con lo que vendría después-; Thomas Lipscomb, director del Center for the Digital Future, dijo que era la versión electrónica de soma, la droga que se administraba como instrumento de control social en Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley (1932). También se advertía -muchas veces con razón- del peligro que suponía en la circulación vial. A medida que el Walkman, sus imitadores, sus sucesores y sus descendientes fueron transformando estas sustracciones selectivas en medio de la vida colectiva en algo común, lo fuimos normalizando, disfrutando y también teorizando. La irrupción del iPod pobló el paisaje urbano de pequeños audífonos blancos, cables con finales con formas de espermatozoides que marcaron una era. Sus sucesores, los Airpods, dejaron los cables atrás y para algunos pasaron a ser un accesorio casi tan permanente y decorativo como los aros. Apareció la tecnología de la cancelación de ruido, para que nada del mundo exterior -ruido, puro ruido llegue a nuestros tímpanos. La etiqueta de uso, o al menos la discusión al respecto, fue también mutando. En un artículo de 2019 en The Atlantic Monthly en defensa de tener los Airpods puestos todo el día: para las mujeres, argumentaba, resultaban muy útiles para ignorar los comentarios desagradables de los acosadores callejeros.

Una capa extra es el playlist, esa agenda propia, personal, secreta que cada uno puede llevar a cabo en su cabeza mientras navega entre decenas, cientos de otras islas como uno, es por supuesto qué decidimos escuchar. Quienes tenemos el oficio y la afición por la infoxicación sabemos que escuchar música -y no podcasts, noticias, opiniones de las opiniones- puede ser el último acto de mini rebeldía, sobre todo en contingencias hiper noticiosas. Lo que uno escucha en una sola semana puede contar una historia. En esta, que en lo personal comenzó con un atracón de noticias políticas gringas y terminó con una noticia devastadora para amigos muy queridos que me llevó al rincón traumático de un recuerdo insuperable, esos audífonos me dieron descanso al principio y refugio al final. Quiso el destino que lo primero que escuchara fuera How to disappear completely, de Radiohead. I'm not here / This isn't happening.

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